No voy a dedicarte feroces rencores para que seas la espina inmortal que
atormenta el deseo en mis entrañas. En la lluvia fría de noviembre, no te
dedicaré lágrimas tibias ni serás la venerada nostalgia gris que empañe mis días
brillantes.
No, no voy a ofrendar a mi cuerpo con orgasmos dedicados a tu imagen entre la
frustración de eternas tristezas, ni te guardaré con obsesiva devoción para ser
amor infectado que plague mis espacios y rincones. No trascenderás como la
criptonita de mi espíritu vulnerable, provocando la sonrisa rota, que otorgue
coqueta, en la comisura izquierda de mis labios.
Que no te concederé ser la miel que alimente mis pérdidas o esperanzas, ni
sobrevivirás como el adorado secreto tras una de esas gélidas miradas.
Solo te dejo aquí, y luego allí, en algún lugar donde el olvido sea un recuerdo
perdonado. Donde no duela ni sangre la memoria con esas emociones
que me hicieron arder un dìa.